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Hace
ya varios meses que decidí que una entrada con
un precio de 34 euros y un viaje de 500 kilómetros
no eran nada comparado con lo que me iba a encontrar aquella
noche. Soy una persona con una memoria pésima,
pero aun recuerdo con claridad la soleada tarde de Septiembre
durante la cual descubrí como dulzura y oscuridad
podían coexistir armoniosamente en un mismo espacio.
Desde aquella tarde esperaba, impaciente, el concierto
que ahora os voy a relatar. Ah, una cosa: No soy imparcial.
Aquel
día todos los acontecimientos conspiraron para
entretejer un entorno propicio para que mi mente recibiera
a los embajadores del conflicto interior: Acababa de ver
como una relación sentimental hermosa, pero imposible,
se iba de nuevo a la mierda; no obstante, el aire de aquella
jornada estaba impregnado de primavera y la esperanza
y una extraña vibración se dejaban notar
a mi alrededor. Todos los elementos, hasta la estación
de metro de Nuevos Ministerios, con sus mil ojos pintados
en brillantes columnas, se coordinaban para generar una
experiencia que consiguió trascender lo meramente
sónico.
Llegué
un poco tarde, cuando Dot Allison, artista invitada para
esta fecha, había comenzado ya su actuación.
Su música, intima y acústica, contribuía
de forma adecuada a generar un ambiente propicio. Una
mística natural flotaba en el aire y el cada vez
más numeroso público comenzaba a mostrarse
impaciente. A esto hemos de sumar un reloj cronógrafo
que, situado en el margen superior izquierdo del escenario,
revelaba sin ser consciente de ello cuanto deseábamos
todos que aquello comenzara.
22.34:
La banda sale al escenario, las primeras notas de "Future
Proof" se entremezclan con una lluvia de unos y ceros
de color verde que nadan y parpadean en la pantalla gigante
instalada al fondo del escenario. El cañón
láser termina por sumergir a los asistentes en
un autentico baño digital. Todavía epatados,
la irrupción de 3D no hace más que desatar
el delirio. Cuando allá por 1987 este hombre se
pasó del mundo del graffiti a la música,
nació una entidad oscura llamada a sumergir en
el trance a miles de personas. Solo puedes dejarte llevar,
cualquier otro tipo de acción es inútil.
Todo el mundo flipa, al menos así lo percibo, y
una explosión estalla cuando aparece en escena
un desgarbado y negrísimo Daddy G, juntos 3D y
él, comienzan a reproducir Risingson, tan tétrica
como siempre aunque esta versión en directo no
incluye los samplers de la Velvet Underground, lo cual
es algo que se ve sobradamente compensado por la dosis
extra de potencia en las guitarras y un trabajo de batería
brutalmente preciso. El sonido es perfecto y realmente
envolvente, incluso la temperatura es perfecta y, de forma
suave, pero intensa, el concierto sigue desarrollándose,
sigue creciendo. Massive Attack no es una banda convencional:
cada canción es un universo aparte y como tal es
tratada. De este modo para el concierto de Madrid contaron
con la presencia de cinco cantantes (los ya mencionados
3D y Daddy G, además de sus colaboradores habituales:
Horace Andy, Sarah Nelson y Liz Fraser). Este es un hecho
que no solo aporta un componente de frescura al concierto
si no que contribuye a desprender a la música de
cualquier rasgo de egocentrismo. Así, el vocalista
que no interviene se retira tranquilamente del escenario:
No existe nadie imprescindible, tan solo un deseo común
de generar una profunda belleza y transmitirla a aquellos
que deseen recibirla. Pero sigamos con el concierto: 3D
y Daddy G se retiran para dejar paso al venerable e imponente
Horace Andy, que armado con un carisma excepcional y una
voz cadenciosa y maleable nos transportó a todo
el mundo a Jamaica. De los temas que interpretó
cabe destacar "Everywhen" y la mítica
"Hymn of The Big Wheel", donde junto con Sarah
Nelson consiguieron alcanzar uno de los puntos álgidos
del concierto gracias a esa optimista canción que
el colectivo de Bristol compuso junto a Neneh Cherry hace
ya más de doce años. Hablando de Sarah Nelson,
esta rotunda mujer, a pesar de intervenir únicamente
en tres temas resultó vital en el set: Sus interpretaciones
en Safe from Harm y Unfinished Simpathy, los dos temas
insignia del Blue Lines, dejaron bien claro su calidad
vocal e imprimieron una sonrisa en nuestros rostros. Si
Sarah resulta vital a la hora de trasladar al directo
los temas antiguos, algo similar ocurre con Liz Fraser
para con las composiciones más recientes, teniendo
esto una importancia capital cuando el concierto esta
basado principalmente en sus dos últimos álbumes:
Liz se muestra versátil, tocando la segunda guitarra
en aquellos temas que la requieren e impregnando de sensualidad
y misterio los temas donde interviene como vocalista.
La que fuera miembro de los Cocteau Twins alcanzó
sus mejores momentos en dos de las canciones más
enigmáticas del álbum "Mezanine":
"Black Milk" y la siempre apoteósica
"Group Four". Por desgracia, su intervención,
se vio en parte empañada por un momentáneo
traspié vocal en Tear Drop, aunque la entereza
que demostró en sus apariciones posteriores, como
en Special Cases, la redimen sobradamente. El álbum
del escarabajo fue repasado prácticamente en su
totalidad y sobran las palabras cuando te sumerges en
el mundo desarrollado por himnos como "Inertia Creeps",
"Angel" o la delirante "Mezzanine".
Respecto a las interpretaciones y a la presencia escénica
de dos genios como Del Naja y Marshall poco hay que decir.
Solo una cosa: que, muy a su pesar, poseen esa marca invisible
que llevan las estrellas, ese estigma que hace que las
miradas y los flashes se poseen sobre ellos. Eso que te
hace gritar irracionalmente. Que tantos anhelan y tan
pocos poseen. Seguro que sabéis a lo que me refiero.
Como
se puede deducir de lo expuesto en el párrafo anterior,
la traducción del sonido de los discos al directo
fue impecable, gracias a una serie de músicos de
excepcional talento: una sección rítmica
impecable, que se permitía, a cada momento, dar
nuevas pinceladas que no hacían si no realzar la
intensidad del conjunto conservando su estructura original
intacta; y un guitarrista siempre presente, que de vez
en cuando tomaba las riendas del evento (inolvidable final
atronador de "Safe from Harm"); El conjunto
se completaba con un encargado de los teclados alrededor
del cual parecía vertebrarse la banda y una chica
encargada de trasladar de forma exquisita los arreglos
de cuerda al magistral directo.
No
debo terminar esta crónica sin antes subrayar los
elementos multimedia del espectáculo. Sin darme
cuenta, acabo de utilizar la palabra espectáculo.
Y no es por casualidad: Lo que ofreció Massive
Attack en Madrid no fue solo música: apoyados en
luz, cifras e imágenes, consiguieron generar una
mirada colectiva hacia nuestro alrededor y, al mismo tiempo,
hacia nuestro interior. Puro individualismo solidario.
Sobrecargados todos los sentidos mediante un entramado
de información sobre nuestro mundo a todos los
niveles imaginables (físico, biológico,
político, económico...) solo quedaba tomar
al fin consciencia de la comunión en la que estamos
inmersos con el resto de la humanidad. Me pregunto si
alguna vez volveré a observar la vida con la claridad
con que lo hice mientras presenciaba las imágenes
que acompañan su "Antistar". Paz.
Artículo:
Pablo Pelayo Reventún.
(Fecha de la publicación:12/06/2003)
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