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Tras
una indecente dosis de kilómetros, llegamos a Jerez de
mañanita con la sana intención de disfrutar de unas
horas tranquilas antes de que comience el jaleo, planes que pronto
se verán trastocados ante las misiones que nos llevan a
deambular por la ciudad durante casi tres horas. Estériles
intentonas por hacerme con mi acreditación, búsqueda
de entradas para la Gigatron Appreciation Society, localización
de los campamentos base, recogida de viajeros en tránsito...
en fin, ya dormiremos esta noche. Casi sin darnos cuenta se han
echado encima las cinco, y va siendo hora de establecer contacto
con el ecosistema en el que nos recluiremos durante los próximos
tres días. ¿Lo tenemos todo? Recinto de IFECA, here we
go!
Jueves,
28 de Agosto
Mientras
intentaba conseguir mi acreditación y me adaptaba al nuevo
medio, la tormenta proveniente del escenario indicaba que Commando
9MM ya habían dado el pistoletazo de salida. Lo poco que
pude distinguir de su concierto desde la trasera del recinto corresponde
con lo expuesto en su último disco en directo: una descarga
potente, sincera y cargada de estribillos. Ya ubicado y abastecido,
localicé a mis aguerridos compinches mientras Rock-A-Hulas
fuzzeaban desde el escenario. Desde la última ocasión
en que pude verles en directo, hace más de un año,
han ensanchado su sonido, y su cañonero repertorio evidenció
la mejoría que esto supone a efectos de pegada. Lamentablemente,
los problemas técnicos se cebaron con ellos y no gozaron
de gran afluencia de público, a pesar de lo cual echaron
el resto tras despedirse con un "nos echaréis de menos"
lapidario. Por entonces ya iba quedando claro que la concurrencia
no estaba muy por la labor, tónica que se confirmó
a lo largo del fin de semana para desespero de algunas de las
bandas.
Tras
husmear brevemente entre los puestos de discos (cómo está
el vinilo, madre), el bar y la zona techada de puestos con sus
asesinas Superpatatas, se ha hecho público que The Wildhearts
se han caído del cartel y la comparecencia de Georgia Satellites
ha sido trasladada al día siguiente por motivos que descubriríamos
más tarde. En fin, no hay mal que por bien no venga: al
menos podríamos disfrutar de sets más largos de
los grupos restantes. Lo cual no supuso ninguna ventaja ante los
tediosos Motorchrist, estajanovistas del rollo ‘motero del infierno’
a los que les sobran cuernos y les falta repertorio. Recuerdos
para Joey (¿por qué nadie se acordaría de Joe Strummer?),
versión de ‘I Just Wanna Have Something To Do’ y la sensación
de que no se creen demasiado su historieta. Luis dice que son
postizos. Pues mira, sí. Afortunadamente, Jake Cavalieri
y sus Lords Of Altamont salieron a matar, borrando cualquier atisbo
del cansancio que atenazaba mi cuerpo tras seis horas de viaje
por carreteras andaluzas y extremeñas. A uno, que al ver
una Mosrite y un órgano en el escenario ya le entran temblores,
es normal que lo de los Lords le llegue al corazoncito, máxime
cuando el amigo Cavalieri ha formado parte de bandas tan apreciadas
por el que suscribe como The Fuzztones. No descubren nada, ni
falta que les hace. Contundentes y enfocados, lograron los primeros
momentos excepcionales del festi aun cuando la tecnología
les jugó alguna mala pasada, destripando ritmos y riffs
no por familiares menos válidos. Recordaron a Stones y
Bomboras, desataron crepitantes murallas de sonido sobre la concurrencia
y se llevaron un saco lleno con nuestras noqueadas cabezas a modo
de trofeo. Puede que en disco les suenen simplemente correctos,
pero en directo los chicos pálidos de Altamont no hacen
prisioneros.
Con
las pilas bien cargadas y los depósitos convenientemente
rellenados, deambulo en compañía de mis compañeros
comentando lo acaecido hasta entonces mientras en el escenario
los técnicos preparan la llegada de Texas Terri. La
gente se apiña, y en el foso de los fotógrafos la
toma del escenario supone el primer arremolinamiento masivo de
cámaras y flashes. Está claro que Texas Terri levanta
expectación, y su espectáculo no defrauda en absoluto.
Hizo
lo que se esperaba de ella, desgañitándose a gusto
y sonando poderosa, hecho al que contribuyó una acústica
respetuosa con la banda y el trabajo de la gente de Motorchrist
a la batería y la guitarra. Formación circunstancial
o no, rindieron a buen nivel, si bien relegados al segundo plano
que obliga una personalidad como la de Texas. Dicho todo esto,
he de confesar que en general me dejó un tanto frío,
más que nada porque al aspecto visual de su programa le
faltan canciones sólidas en las que apoyarse, hecho que
quedó en evidencia tras un apoteósico grand finale
basado en versiones: ‘I Got A Right’, ‘Sonic Reducer’ y ‘I Wanna
Be Your Dog’, tres clásicos imperecederos que un sus manos
sonaron tan dañinos como deben. Tras sumergirse en las
primeras filas y enseñarle las nalgas al personal, a esas
alturas totalmente rendido, se perdieron tras los amplificadores.
Una chica encantadora esta Texas.
Ver
a Jason Ringenberg intentando subirse al escenario desde el foso
mientras un segurata perfectamente adiestrado le placaba pensando
que era un fan exaltado fue uno de los momentos más desternillantes
del festival. El pobre Jason intentaba infructuosamente librarse
del abrazo ante la implacable resolución de su captor,
una persona humana de más de cien kilos que se mostraba
impermeable a sus explicaciones. Finalmente la cordura hizo su
aparición en la forma del personal de la organización,
quienes lograron que Mr. Ringenberg fuera liberado y pudiera terminar
la escalada a las tablas. Una risa, oiga.
Todo
esto no melló en absoluto los buenos ánimos del
Scorcher mayor y los Nashville All Stars, banda sobrada de recursos
que hizo un papel formidable durante toda la velada y consiguió,
junto a la magnética presencia del jefe, una envidiable
dinámica que sólo perdió enteros en momentos
puntuales, siendo uno de los puntos álgidos el siempre
efectivo ‘Absolutely Sweet Marie’. Entre las curiosidades, los
chistes de bajistas que se contó Jason, para deleite del
respetable, y una breve aparición de Scott Luallen (Nine
Pound Hammer) a las voces que se saldó con discretos resultados,
detalles de un concierto que, pudiendo haber sido más de
lo que fue, derrochó buen rollo y convenció tanto
a fans y como a escépticos. Pero lo cierto es que, poco
antes de terminar su actuación, mi cabeza estaba dominada
por un extraño sentimiento de anticipación.
¡Thee
Michelle Gun Elephant! Adelantada su actuación (prevista
para el sábado), me pusieron en jaque desde el principio:
la banda sonora de ‘El Padrino’ sirve como preludio a la aparición
de estos cuatro yakuzas del Rock’n’roll, ataviados con elegantes
trajes y actitud distante. Es el momento, llega la descarga. ¡Y
de qué manera! Como diría aquel, ‘muy profesional’.
Desde los primeros acordes queda claro que esto es otro nivel,
la seguridad disfrazada de apatía con la que atacan su
repertorio no está al alcance de muchos, y ellos ya llevan
demasiado tiempo en la carretera como para dejar detalles al azar.
Apoyados en una discografía repleta de momentos memorables,
vibran con un vigor espectacular, la energía es un sólido
palpable generado por los demenciales staccattos que desprende
la Telecaster de Futoshi Abe, la voz de Yusuke Chiba, los espasmos
rítmicos de Koji Ueno y Kazuyuki Kuhara... en estas van
cayendo ‘West Cabaret Drive’, ‘Abakareta Sekai’, ‘Smokin’ Billy’,
‘Young Jaguar’, ‘Get Up Lucy’ y ‘Revolver Junkies’, un greatest
hits calcado al del Casanova Said Live Or Die Tour (obviamente
recortado para ajustarse al tiempo disponible) cuyo noqueante
efecto sacudía mi espina dorsal cual descarga de diez mil
voltios aplicada en gónadas desprotegidas.
Como
era lógico, dada la escasa repercusión que su discografía
ha tenido por estos lares, ‘Sabrina Heaven’, su último
trabajo, apenas tuvo hueco en el set-list (sólo ‘Gypsy
Sandy’), detalle con el que ganaron en impacto proteínico
y resultados, pues el que a la postre terminará siendo
su último trabajo de estudio queda muy lejos de las excelencias
logradas en ‘Gear Blues’. Tras las vertiginosas ‘Free Devil Jam’
y ‘Cisco’ la cosa parecía haber llegado a su fin, pero
todavía se estiraron con un par de bises, ‘Vegas Hip Glider’
y ‘Automatic’, un regalo a todas luces insuficiente vista la insistencia
con la que reclamábamos seguir recibiendo disciplina oriental.
¿Que estuvieron algo fríos? No lo niego, pero su actitud
no es negociable y podría achacarse tanto a la imposibilidad
de comunicar verbalmente con los presentes como a su más
que inminente separación. Sea como fuere, pobre objeción
para un evento mayúsculo que servidor ya considera de lo
mejor que ha catado en los últimos años, prueba
irrefutable del enorme potencial existente en la bullente y para
muchos desconocida escena nipona. ¡TMGE rocks! Y a ver quién
es el chulo que dice lo contrario.
Viernes,
29 de Agosto
Tras
pasar la noche rodeados de polvo, ruido y una parroquia de hábitos
más que reprobables se impone la humanización de
nuestros cuerpos. ¡Hidratos de carbono ya!. Con buen desayuno
ya en proceso de digestión, comienza la jornada tratando
de despejar la neblina que en vuelve los acontecimientos del día
anterior, y al ritmo de Billie Holiday toman forma las primeras
notas de la indignante crónica que lees en este momento.
Se suceden apuntes y tachones mientras el sol martillea nuestros
cráneos, devorando el poco oxígeno que aún
no ha entrado en combustión en este mediodía abrasadoramente
sureño. Busquemos un sitio fresquito y reunamos a la banda.
De
nuevo el cartel reserva decepciones, y las razones que motivaron
el traslado de Georgia Satellites al sábado se hacen patentes:
Leadfoot, Rock City Angels y Warrior Soul han sido dados de baja.
Mala forma de empezar el día, a lo cual se une el hecho
de que la empanada perenne que caracteriza a este redactor me
ha hecho fallar con Bummer y perderme parte del pase de Sin City
Six, por lo que me dirijo raudo hacia la zona de conciertos para
enmendar mi error. Y bien que hice. Recuperados del palo que supuso
la muerte de Lee Robinson y con un nuevo disco, ‘Home Of The Brave’,
recién salido del horno, Norah, Mike y compañía
demostraron por qué la veteranía es un grado. Sudaron
la gota gorda y combinaron temas de sus dos trabajos con elegancia
y convicción, bien aposentados sobre las tablas pero con
el handicap (habitual para los grupos estatales en este tipo de
reuniones) de tocar demasiado pronto ante una concurrencia demasiado
escasa, hecho que no hizo disminuir su entusiasmo. Peor para los
que se lo perdieron, pues el gustazo que supone recuperar a una
pandilla tan curtida como la suya justificaba plenamente la asistencia.
Bienvenidos (de vuelta)
Si
el jueves TMGE premiaron el esfuerzo de la organización
con un huracán eléctrico, también The Savoy
Truffle se confirmaron como una apuesta muy acertada. Con una
orientación poco próxima al sentir general pero
enormes argumentos a su favor, los expuestos en sus recientes
trabajos ‘Take It To The Sky And Fly’ y el directo ‘Live, On Our
Way’, entraron en escena unos músicos caracterizados por
su apego a las enseñanzas surgidas de Jacksonville y su
buen gusto a la hora de reinterpretar estas bajo su propio prisma.
Que no es significativamente distinto al de sus maestros, pues
buena parte de su repertorio contiene abundantes (quizás
excesivas, según algunos) referencias al legado de los
Allman o contemporáneos como Gov’t Mule, pero descubre
composiciones que rayan a un gran nivel e instrumentistas preparados
para hacerlas avanzar en el acervo de la improvisación
más desatada. Probablemente les hubiera venido mejor tocar
más minutos, pues su propuesta es de las que debe abordarse
sin preocupaciones horarias, y aunque se les vio desplegar menor
fuego cruzado del que se esperaba las intervenciones de Toshihiro
Sumitomo en ‘Sun Going Down’ o ‘Can’t Fight The Blues’ demostraron
una sensibilidad a las seis cuerdas que arrancó aplausos
de reconocimiento. No faltó el apabullante ‘Highway Man’,
deslucido por la desastrosa sonorización que padecieron
las percusiones de Taro Takagi y la ausencia casi total de la
voz de Monji Kadowaki, una maldición que afectó
a casi todas las bandas del festival. Que me traigan la cabeza
de ese técnico de sonido. En cualquier caso, aunque disminuido
por las deficiencias aurales el concierto de The Savoy Truffle
resultó una sorpresa muy grata saldada con notable para
los de Osaka y desconcierto general ante la inenarrable presentación
que les hizo un Mariscal Romero pasadísimo de vueltas.
Repitió en la despedida.
"He
viajado demasiados kilómetros como para no disfrutar de
esto". Dan Baird dixit. Así de claro lo tenía
el cantante y guitarrista de The Georgia Satellites, tan claro
como Rick Richards y Rick Price, que no pararon de moverse un
segundo durante todo lo que dio de sí su actuación.
Impelidos por un entusiasmo que generalmente no se asocia a señores
de su, ejem, experiencia, triunfaron con un cancionero de talante
clásico que llega al alma de cualquiera con un mínimo
de sensibilidad, pero sobre todo por su entrega y actitud sobre
las tablas, verdaderamente cercana y descarada. En una atmósfera
más propia de una fiesta que de un festival, los Satellites
se echaron a todo el recinto de IFECA a los hombros desde el arranque
como si de chavales de dieciocho años se tratase, se lo
pasaron pipa, y nosotros con ellos, conscientes de que no iban
a poder hacer el concierto que querían (¿quién puede
en este tipo de eventos?) pero capaces de darlo todo en el espacio
que se les había reservado. Impusieron ritmo y empuje,
demostraron que en escena hay que estar en sintonía para
conseguir que la peñuca reaccione, tocaron ‘Let It Rock’,
‘Battleship Of Chains’ y ‘Keep Your Hands To Yourself’, hicieron
sudar la gota gorda y ellos mismos terminaron empapados, con el
cariño de la gente, que aplaudió a rabiar, en el
bolsillo y la certeza de haber hecho mella. En un fin de semana
con conciertos de gran nivel, el suyo brilló con luz propia.
Poco después tuve la oportunidad de comprobar que, además,
son tipos encantadores, amantes de la emoción del directo
y el contacto con la gente. ¿Qué más se puede pedir?
Les dejo recibiendo cumplidos de unos extasiados The Savoy Truffle
tras hacer una foto documental a mi doble japonés, Taizo
Takafugi (batería de los Truffle), ante la insistencia
de la Gigatron Appreciation Society.
Debo
reconocer que los dos grupos que quedaban antes de Twisted Sister,
The Quireboys y Junkyard, no excitaban mi imaginación especialmente,
así que me dediqué a deambular de un lado a otro
en busca de una posición desde la cual poder observar sus
evoluciones con comodidad. Sobre Junkyard, poca cosa la verdad.
Pusieron empeño, pero apenas lograba concentrarme en ese
híbrido entre temas rockeros y potencia heredada del Hardcore
por el que se desviaban algunas veces. No en vano, Brian Baker
fue uno de sus miembros fundadores; y el único componente
de la formación original ausente, debo añadir, si
bien convenientemente sustituido por un clon que provocó
dudas sobre si era realmente el ex-Minor Threat quien pisaba el
escenario. Falsa alarma, supongo que con Bad Religion ya tiene
suficiente. Por lo demás, el cansancio y la curiosidad
por los discos me llevaron a la parte trasera del recinto y una
creciente ausencia de interés por lo que pasaba en el escenario.
The Quireboys tampoco consiguieron efectos espectaculares sobre
mi córtex, aunque he de reconocer que a Spike y Guy se
les sueltos en esto de patear escenarios. En su momento fueron
una de las mayores esperanzas del Rock británico, estatus
que alcanzaron gracias a algunos de los temas que interpretaron
aquella noche, como ‘Sex Party’, ‘There She Goes Again’ o el cervezero
‘7 O’Clock’, buena muestra de equilibrio entre guitarras robustas
e instinto comercial. Se les vio a gusto, sin momentos espectaculares
pero con buen tono general que dejó más que satisfechos
a sus seguidores. Pilas recargadas: es la hora de Dee Snider.
La
locura había llegado. ¿Responderían Twisted Sister
a las expectativas? Mucho había especulado en mi mente
sobre su concierto, sobre el significado de su presencia en el
Serie Z. Por que, salvo en círculo muy reducidos y publicaciones
como Popular 1, ¿quién daba un duro por Twisted Sister
hasta hace un año? Extremo absoluto del Hair Metal, siempre
se les ha reconocido más por su exageradísima imagen
que por los méritos de sus discos; he de reconocer que
yo mismo me los tomaba a coña hasta que mi compinche David
me abrió los ojos con ‘You Can’t Stop Rock’n’Roll’, colección
de poderosas tonadillas, letras delirantes y estribillos adhesivos
que impactaron más allá del chascarrillo habitual
en mi subconsciente. De NY, ¿no? La cosa comenzaba a tomar sentido,
y ya no sonaba tan descabellado que fueran vecinos de Dictators
y Ramones. Así que allí estoy, un viernes a las
doce de la medianoche pasadas, en un recinto cerrado al sur de
la geografía europea, rodeado por otras tropecientasmil
almas que, como yo, esperan el comienzo del show. Grito, todo
el mundo grita, aparecen Mark Mendoza y Eddie Ojeda... y ahí
está Dee Snider, saltando, moviendo sus melenas (¿su peluca?),
echando el resto desde el principio. Lo que siguió después
fue un verdadero recital con un sonido potentísimo que
sobredimensionaba aún más el ataque de la banda,
verdaderos profesionales en esto del rock action. Empezaron a
clavar temas a dolor, centrándose en ‘You Can’t Stop...’
y el muy celebrado ‘Stay Hungry’, disparando ardorosos riffs y
consiguiendo un espectáculo colorista, vitalista, enormemente
divertido. Una celebración del rock’n’roll en una de sus
múltiples mutaciones, vamos. Porque si escuchas ‘We’re
Not Gonna Take It’, ‘SMF’, ‘I Wanna Rock’, ‘Like A Knife In The
Back’, ‘Shoot ‘Em Down’, ‘You Can’t Stop Rock’n’roll’ o ‘Ride
To Live’ y no se te disparan los pies hacia delante y el puño
hacia arriba es que no tienes sangre en las venas. Por supuesto,
hay partes de la liturgia que siguen provocándome rechazo,
como el interminable solo-de-batería-con-plataforma-que-me-eleva-to-the-center-of-the-night
y chorradas similares, compensadas de sobra por las charlas del
cachondo Eddie Ojeda con el respetable y su mítica presentación
de la banda, digna de pasar a los anales del festival. A pesar
de tener que hacer periódicas visitas a la parte posterior
del escenario, suponemos que en busca de oxígeno o algún
otro tipo de estímulo para la actividad física,
Dee Snider magnetizó todas las miradas, desbordando energía
y haciendo gala de una actitud realmente frenética durante
toda la actuación. Divertidos hasta el paroxismo, terminaron
como cabía esperar: pirotecnia, ovación generalizada
y logotipo en llamas, al igual que nuestros cuernos. Y lo cierto
es que ya no sonaba tan descabellado que fueran vecinos de Dictators
y Ramones.
Sábado,
30 de Agosto
Última
jornada, y la cosa prometía emociones fuertes. Tras pasar
una noche entera sufriendo desde la distancia los infernales rugidos
de una carpa llena de rockeros frenéticos por los acontecimientos
del día anterior, es la hora de hacer balance y plantearnos
lo que vamos a hacer a continuación. Es imperativo buscar
un remanso de paz y alimentar nuestros cuerpos, descansar y sacarse
de la oreja derecha ese horripilante pitido que me está
destrozando desde anteayer. Yo hoy me pongo del otro lado. La
euforia por el concierto de Twisted Sister ha dejado muy buena
disposición en la cuadrilla con la que comparto peripecias,
y el tinto verano se revela un perfecto acompañamiento
para nuestras viandas. Comida relajada, paseito en coche y vuelta
a la carga.
Tan
relajada fue la comida que Holy Sheep y Mermaid ya han hecho los
deberes para cuando me personé en IFECA. Dios mío,
cada día soy más impresentable. Al menos hoy no
ha habido bajas masivas, aunque la ausencia de los apetecibles
The Distraction deja un pequeño poso de amargor en mi boca,
que también podría achacar a un pollo frito muy
poco hecho. En fin, aún podemos disfrutar de Nuevo Catecismo
Católico, que ya están dispuestos a comenzar. Nuevo
cantante en la persona de Eneko, de Teen Dogs, y comienzan las
hostilidades recordando uno de sus clásicos, ‘Aquí
Llega Dios’. No han sido pocas las alabanzas que se han vertido
sobre el directo de NCC, y puedo dar fe de que no son en absoluto
exageradas. Sin duda merecen ocupar puestos preeminentes en este
tipo de citas, y no verse relegados al papel de aperitivos para
los grupos extranjeros. Les faltó tiempo para explotar,
pero estuvieron rocosos como ellos solos y se comieron a los asistentes
con patatas, repasando su ya extensa discografía desde
‘Scarred For Life’ hasta ‘En Llamas’ con el marchamo de calidad
habitual, extrayendo las mejores esencias de ese cóctel
que oscila entre el Hardcore de principios de los ochenta y el
Rock’n’roll de alto octanaje. Cierto es que eché de menos
temas de sus inicios, quizás la parte de su discografía
que más conozco, pero un grupo con su ímpetu no
puede/no debe estancarse. A pesar del tiempo transcurrido en esta
aventura, NCC siguen siendo una auténtica patada en los
cojones cuando asaltan unas tablas, totalmente ajenos a la parafernalia
o las posturitas: cinco tipos derrochando actitud y conocimiento,
viejos lobos a los que la calidad les rezuma por los poros. Ahí
es nada.
Tras
la fenomenal impresión causada por NCC no podía
encarar en mejor disposición el resto de la jornada, recién
comenzada por otra parte. La que se nos venía encima era
de órdago a la grande, y los primeros avisos del bombardeo
que se avecinaba llegaron de la mano de The Cherry Valence. Quinteto
de Carolina de Norte con un par de trabajos en Estrus que todos
deberían tener ya más que escuchados, arrancaron
furisosos con un ‘The Clap’ convenientemente remodelado para el
directo, ofreciendo un set muy similar al de su reciente gira
estatal en el que las canciones conocidas se fundían con
exploraciones instrumentales y nuevos aportes al repertorio. Uno,
que no tuvo la oportunidad de presenciar ninguna de las citas
previas, descubrió lo merecidos que tenían los parabienes
sobre ellos vertidos a raíz de su visita, y alucinó
ante la intensidad desplegada por la banda, en incremento constante
a medida que se sucedían los minutos, los punteos y los
calambrazos de alta energía directos al espinazo. Orgánicos
y altamente compactos como grupo, no pudieron evitar que la luz
y el tamaño del escenario les restaran parte de su fuerza:
de momento no son una máquina diseñada para funcionar
a toda potencia en grandes recintos, pero si lo que vimos aquella
tarde ya me dejó noqueado no quiero ni pensar lo que debe
ser verlos en un garito con capacidad para doscientas personas.
El constante trasiego entre las voces, los teclados y las dos
baterías de Brian Quast y Nick Whitely es uno de los puntos
fuertes de la banda, pues les permite una dinámica ejemplar
en el escenario y la capacidad de atacar el repertorio en formato
non-stop, ágil solución para una contingencia que
en cualquier otro grupo seguramente implicaría más
problemas que ventajas. Sonaron ‘Sweat, Sweat, Sweat (All Over
You)’, ‘Bootyshakin’’ (si la memoria no me falla) y ‘Ain’t Nothing
But A Th*ng’, pero no se les perdona que dejaran en el tintero
‘Lose That Smile’, al igual que tampoco perdonaré nunca
a los técnicos el hecho de que mutilaran hasta los muñones
la presencia vocal de Nick Whitely, quien pasó todo el
concierto berreando como un poseso sin darse cuenta de que su
voz no llegaba más allá del micrófono. Su
reputación como grupo a seguir muy de cerca salió
francamente fortalecida, y las palmas de mis manos hervían
en rojo púrpura tras castigarlas hasta la locura mientras
acompañaba sus evoluciones rítmicas. Abundantes
caras de satisfacción y comentarios positivos fueron el
prólogo a su paso por el Z. Si fueron inteligentes, no
se los perdieron en el Azkena.
Momentos
antes de que los Valence se bajen del escenario, Scott Morgan,
Tony Slug y el resto de los Hydromatics ya andan ubicándose
por el backstage, preparando el material que les acompañará
en esta nueva visita a nuestros escenarios. Morgan, bien conocido
por sus antecedentes como miembro en Rationals, Sonic’s Rendezvous
Band, Scots Pirates y demás combos del área de Detroit,
luce su habitual boina de comando y parece bastante concentrado
en ocuparse de los asuntos relacionados con su concierto, así
que dejo a un lado las preguntas con las que tenía pensado
acosarle (bueno, por eso y porque, para variar, me he dejado la
grabadora en casa) y me limito a saludarle y comentarle lo importante
que me parece su contribución a estos del Rock, que gente
como él y Fred Sonic me han convertido en un desviado social
de por vida, lo mucho que me gusta el trabajo que hace con Hydromatics...
las historias habituales que ya le deben sonar a disco rayado,
pero o se las suelto o reviento allí mismo. Accede a hacerse
una foto conmigo y se prepara para tomar las tablas, así
que damos por finalizado el encuentro y cada uno se dirige a cumplir
con su cometido: él a seguir alimentando su leyenda, yo
a seguir detrozándome pulmones e hígado. Ah, la
dura vida del cronista festivalero. "Una última cosa,
Mr. Morgan: ¿sonará ‘City Slang’?" "Claro"
responde con una curiosa sonrisa. Seguro que eso tampoco lo había
escuchado antes.
En
cierto sentido un anticlímax, el concierto de Hydromatics
dio una de cal y una de arena para los que esperábamos
verles funcionar a pleno rendimiento. Tras una primera parte espectacular,
apoyada en de clásicos de su prolongada carrera como ‘Electrophonic
Tonic’, ‘Ready To Ball’ o ‘R.I.P. Rock’n’Roll’, la guitarra de
Tony Slug comenzó a mostrarse ingobernable mientras atacaban
‘Let’s Do It Again’, una incómoda situación que
se prolongó llevando al traste el tema y gran parte de
lo que llegó después. Mientras The Hydromatics quedaban
repentinamente desenfocados los temas se sucedían y la
actuación perdía gran parte del empuje del que gozó
en la primera parte, aunque consiguieron suficiente foco como
para hacer un ‘City Slang’ que supo a poco pero sonó grande.
No hubo ni rastro del terciopelo soul desplegado en ‘Powerglide’,
pero no faltaron los momentos emocionantes ni ‘Getting There (Is
Half The Fun)’, otro sentido recuerdo a su etapa en la Sonic’s
Rendezvous Band junto a Fred Sonic Smith, Gary Rasmussen y Scott
Asheton. Aún quedándose corto logró transmitir
sencillez y autenticidad, y por lo que a mí respecta debo
decir que salí contento a pesar de un cierto grado de insatisfacción
final, consciente de la ausencia de combustión pero convencido
de la valía de la experiencia por incompleta que fuera.
Scott, a ver si te prodigas y nos das la revancha pronto.
Teniendo
en cuenta el historial que habíamos acumulado durante los
dos días anteriores era de esperar que el cansancio comenzara
a cebarse con nosotros a la mayor brevedad, por lo que el planteamiento
de las siguientes horas resultaba vital a la hora de conseguir
llegar a los postres sin perder el poco empuje del que aún
disponíamos. En cualquier caso, el tránsito habitual
había aumentado considerablemente y dificultaba la tomas
de decisiones, por lo que finalmente optamos por un comando de
abastecimiento y toma de posiciones para la obtención de
valioso material gráfico. Mientras mis compinches se las
ven con la muralla humana que empieza a levantarse al son de los
primeros acordes, otra muralla, esta de voltios y llamada Nine
Pound Hammer, se incrusta en mis oídos mientras Blaine
Cartwright y Scott Luallen comandan al criminal cuarteto hacia
el paroxismo. Básicamente, Nine Pound Hammer se pasaron
por el forro aquello de llegar y ver para saltar directamente
al meollo de la cuestión: vencer. En los primeros quince
minutos de concierto habían soltado tal descarga de pepinazos
que la mitad de los presentes nos sentíamos como si tuviéramos
un cohete en el culo, no les digo más. Simples como el
mecanismo de un chupete pero efectivos hasta niveles insanos,
gritaron más alto, más fuerte y más rápido
que todos los grupos anteriores juntos, y aunque Blaine diste
de ser un genio a las doce cuerdas (sus punteos son una puta locura)
sus meteóricos riffs hacían buscar refugio a la
sección más tradicional de la concurrencia. Queda
claro que los bolos de su periplo estadounidense han permitido
al grupo llegar a Europa en buena forma y no dudar ante la liberación
de quilotones de sonido, este sí, en combustión
que rozaron sus niveles más histéricos cuando Blaine
se agarró al micro para entonar un ‘Two Tub Man’ demencial,
llevando su voz hasta los límites de lo humano. Mientras
tanto, el festival se prolongaba y Scott colgaba una bandurria...
perdón, una Gibson, colgaba decíamos de su impresionante
fisionomía. Les sobró fuelle para hacer bises y
volver a prepararla en cuestión de minuto y medio, ya fuera
de todo control y dejándose llevar por el enorme caudal
energético contenido en el ambiente, abandonándose
a una lacerante disciplina auditiva que agradecimos con numerosos
gritos, aullidos, aplausos y demás expresiones de júbilo
de características de estos intentos de catarsis individual
o colectiva llamados conciertos. No se les recordará por
una contribución capital al mundo de la música y
el arte, por que lo que hacen estos tipos hacen es, esencialmente,
incitarte a que vayas a tu casa y la reduzcas a cenizas mientras
destruyes la paz suburbana con el aberrante soniquete de tus furiosos
Lp’s de vinilo, ahora que si quieres experimentar algo parecido
a un martillo de nueve libras estampándose contra tu hueso
frontal no dudes en asistir a un live action de estos muchachotes,
tipo duro: a ver cómo lo digieres. El colofón lo
puso Ruyter (Nashville Pussy), saltando al escenario para corear
el nombre de la banda de su marido. Un matrimonio lo que se dice
killer.
Eso
fue precisamente lo que les faltó a The Hellacopters: un
puntito killer. Con ganas, pues era mi primer contacto con el
directo de los suecos, estaba bastante concentrado en la habitual
búsqueda de una posición desde la cual la perspectiva
permitiera un registro gráfico adecuado, tarea ardua en
un entorno rebosante de gente aún más exaltada que
yo (ese fan extático, esa mano cornuda, la cabeza del tío
más alto de todo el recinto...) y ya se escucha ese piano
insistente, las notas que sirven de prólogo para su nuevo
trabajo, ‘By The Grace Of God’, y este concierto, consagrado en
su primera parte a la mayor gloria del citado álbum, un
trabajo al que cualquiera con dos dedos de frente debería
dedicar varias escuchas atentas. Todo el poderío melódico
de ‘Carry Me Home’ y ‘Down On Freestreet’ ejecutado con la maestría
de unos tipos que en esto de tocar tienen bastante callo. The
Hellacopters son ahora mismo una verdadera máquina de directo,
con lo que de positivo y negativo conlleva el término "máquina".
Tremendos sobre las tablas, para el momento en que empezaron a
repasar temas antiguos como ‘Hopeless Case Of Kid In Denial’,
‘(Gotta Get Some Action) Now!’, ‘Soulseller’, ‘Move Right Out
Of Here’ o ‘Toys & Flavors’ ya iban bastante disparados, pero
yo no terminé de comprender muy bien hacia dónde
se movía aquel inmenso cometa de pulcritud técnica,
todo guitarras al aire y explosiones de energía, pero también
falto de una cualidad que unos llamarán entrega y otros,
los menos finos, cojones. Ni por activa ni por pasiva conseguí
conectar con un concierto a todas luces notable, pero es que cuando
la mecánica entra en escena el directo pierde todos los
atributos que lo dotan de sentido; así, la impresión
de euforia inicial terminó por transformarse en la perplejidad
de ver cómo me iba alejando progresivamente hacia la zona
trasera, mucho menos congestionada y más propicia para
la reflexión, mientras cavilaba en silencio sobre qué
iba yo a decir cuando me tocara traspasar mis sensaciones al papel.
La cosa fue tomando forma a medida que pasaban las horas, por
aquello de la perspectiva que otorgan el tiempo y las bebidas
alcohólicas: inmejorable banda en conjunto, los hellacas
de hoy día fallan porque han sacrificado parte de su innegable
pegada en favor de una actitud que, de tan profesional, resulta
fría, y es precisamente ese afán de hacer un show
perfecto el que les impide llegar a cuajar un concierto realmente
extraordinario, algo más grande que el enorme castillo
de fuegos artificiales en el que se han convertido. Volved a la
tierra, chicos: os echamos de menos.
Bueno,
como solía decir mi abuela: "Podría haber sido
mucho peor". Después de tres días dando tumbos
por Jerez sin otra ocupación que holgazanear y actuar como
desubicados crónicos, las reservas comienzan a dar alarmantes
signos de agotamiento, pero el espíritu se mantiene gracias
a las buenas vibraciones cosechadas durante las jornadas anteriores,
opíparo festín culminado por un postre digno de
tan magno evento. Es curioso lo importante de un buen postre.
Puede arruinar una comida deliciosa o convertir un ‘pico cualquier
cosa’ en el mejor momento del día.
Por supuesto, una buena comida regada con ricos caldos puede alcanzar
el grado de delito si el postre es el adecuado, y para la ocasión
los chicos del Serie Z habían optado por una receta largamente
ausente de los menús europeos. Radio Birdman. ¡Un verdadero
escándalo! Sean cuales sean las objeciones que se plantearan
durante el fin de semana, hemos de agradecer eternamente al emprendedor
festival el habernos brindado la oportunidad de ver a estas leyendas
sobre un escenario. Para mí, uno de los acontecimientos
rockisticos más emocionantes de los últimos años,
por no decir de toda mi vida, en el que deposité grandes
dosis de esperanza. De hecho, los días previos al festi
ni siquiera contemplaba la posibilidad pensar en la importancia
de lo que iba a ocurrir el domingo por miedo a crearme demasiadas
expectativas, pero el autoengaño sólo funciona hasta
cierto punto y en lo más profundo de mi subconsciente sabía
que esperaba lo mejor de ellos. Afortunadamente, el mejor resumen
que se puede hacer de su paso por Jerez es que fueron un broche
de oro perfecto a todas nuestras vicisitudes y tribulaciones,
la recompensa perfecta a tanta carretera y horas de sueño
infames, tantos litros de alcohol aguado, dolores de cabeza y
coordinación logística para posibilitar el encuentro.
Para
algunos la espera había durado casi veinticinco años;
la de otros (como es mi caso) no llegó a tanto, pero todos
delatábamos la misma eufórica inquietud en nuestros
semblantes, transmutados en pura satisfacción y regocijo
cuando se estableció contacto visual con Masuak, Tek, Hoyle,
Younger, Dickson y Keely, todos ellos ya bastante talluditos,
enfundados en un traje sónico que definió el Aussie
Rock como lo conocemos gran parte de los aficionados de todo el
globo y que les sigue sentando mejor que a nadie, a pesar de los
años y las enormes distancias geográficas/ existenciales
que separan hoy día a algunos de sus componentes. Mentiría
si dijera que llegaron en un estado de forma inmejorable, hubiera
sido todo un lujo poder verles cuando el tour fuera más
avanzado, pero rindieron muy por encima de las mejores perspectivas
aun a sabiendas de que tenían a la gente en el bolsillo
sólo con tomar el escenario y hacer una correcta interpretación
de sus clásicos, sacando a relucir la grandeza que les
hizo leyenda para exterminar cualquier tipo de nostalgia. Radio
Birdman viven, alejados del papel que el tiempo reserva a la mayoría
de los viejos gagás que intentan reverdecer viejos laureles:
son una fuerza de la naturaleza de proporciones míticas,
un leviatán legendario que vive una segunda juventud asombrosa,
cegadora. Sonaron todas las que tenían que sonar: ‘New
Race’, ‘Descent Into The Maelstrom’, ‘Man With Golden Helmet’,
‘What Gives?’, ‘455 SD’, ‘Murder City Nights’, ‘Aloha Steve &
Danno’ ‘Do The Pop’... repertorio sin mácula, excepto por
las omisiones de ‘Hand Of Law’ y su revisión de ‘TV Eye’
(como bien dijo Deniz Tek: "los Stooges están juntos
de nuevo, así que no vamos a tocar nada suyo"), aunque
poco se puede objetar cuando reventaron los bises con ‘You’re
Gonna Miss Me’, no por esperado menos aclamado, y atronaron durante
lo que pareció poco más de media hora, tal fue la
intensidad y calidad del evento. Sin duda, en este caso la objetividad
(si tal cosa existe bajo el sol) queda claramente oscurecida por
la pasión que uno siente por esta banda desde el día
en que un cassette con ‘Radios Appear’ y el ‘In The Air Tonight’
de Union Carbide Productions entró en su vida, sentimiento
plenamente refrendado por lo que el abajo firmante pudo escuchar
y contemplar en la afortunada, afortunadísima noche del
30 de Agosto de 2003. Vencieron por KO, borraron de un plumazo
la memoria acumulada en setenta y dos horas de culto al watio
para confirmarse no sólo como absolutos triunfadores del
Serie Z 2003, sino también como una banda surgida de un
pasado remoto para llegar al presente con un futuro increíblemente
esperanzador. Una de esas experiencias con las que martirizarás
a tu descendencia cuando el joven y desafiante rockero que eres
hoy día se convierta en un viejito hogareño, resguardado
al calor del brasero bajo unas faldillas verdes con bordados.
Esperemos que nos toque el lado salvaje de la tercera edad. El
año que viene, más.
GALERÍA
DE FOTOS
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Rock A Hulas. Foto:
Jorge X |
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Texas Terri. Foto:
Jorge X |
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Jason Ringenberg. Foto:
Jorge X |
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Three Michelle Gun Elephant.
Foto: Jorge X |
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Three Michelle Gun Elephant.
Foto: Jorge X |
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Sin City Six. Foto:
Jorge X |
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Savoy Truffle. Foto:
Jorge X |
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Georgia Satellites. Foto:
Jorge X |
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Twisted Sister. Foto:
Jorge X |
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Twisted Sister. Foto:
Jorge X |
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Hydromatics. Foto:
Jorge X |
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Hydromatics. Foto:
Jorge X |
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Nice Pound Hammer. Foto:
Jorge X |
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Nice Pund Hammer. Foto:
Jorge X |
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The Hellacopters. Foto:
Jorge X |
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The Hellacopters. Foto:
Jorge X |
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Radio Birdman. Foto:
Jorge X |
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Radio Birdman. Foto:
Jorge X |
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Radio Birdman. Foto:
Jorge X |
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Texto
y fotos: Jorge X
(Fecha de publicación: 09/10/2003)
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