El guitarrista de Ginea-Bissau, Manecas Costa, repetía
actuación en la Sala Caracol de Madrid para presentar su
segundo trabajo Paraíso du Gumbe. En la sala no habría
más de cien personas, algo que dice mucho de la inquietud
del público madrileño por conocer nuevos terrenos
de la música de fuera de nuestra fronteras y que se aleje
del estereotipo anglosajón.
Manecas es en el fondo uno más de los
cien mil nombres de músicos encasillados bajo el sello
world que llegan cada día por la puerta pequeña
de nuestras ciudades. Se trata de un virtuoso guitarrista que
además le confiere a sus cantos la alegría de quien
ha sufrido enormemente y aún así, sigue profundamente
agradecido a la vida.
Por su peculiar manera de tocar la guitarra,
a más de uno nos hizo pensar que podríamos llamarle
Mark Knopfler si hubiera crecido en un barrio del sur de Londres
y fuera blanco. Sus dedos golpeaban bruscamente las seis cuerdas,
sacando paradójicamente sonidos cálidos y sedosos,
y siempre llenos de ritmo.
En todo concierto étnico que se precie
siempre aparece un instrumento lejano que nos trae el latido de
sus orígenes. En este caso el protagonismo fue para el
“tambor de agua” del percusionista Eduardo Do Silva.
Se trataba de una recipiente de plástico lleno de agua.
Por encima tenía una calabaza hueca que al contacto con
el agua hacía resonancia. Por muy primario que parezca
se le podían llegar a sacar una gama de sonidos verdaderamente
espectaculares.
Durante el concierto Manecas y el resto del
grupo, como cualquier músico que haya iniciado su aprendizaje
en los ritos, en la comunidad y en lo colectivo, necesita de la
comunicación constante con el público y muy especialmente
la participación de éste. No basta la clásicas
formulas rocanroleras de poner el micro para que el público
cante y pedir otra... no, se le veía completamente involucrado
en hacer bailar hasta a los camareros.
Una cosa que siempre envidiaremos los occidentales
de cualquier estilo que venga de África es sus contundentes
ritmos. Realmente son algo tan puro y primitivo que se vuelven
universales e inherente a la condición humana: desde lo
más hondo de nuestro pasado oímos en nuestro interior
las voces de generaciones de primitivos ancestros que le mueven
a uno las rodillas arrastrándolo hasta el baile. Esta no
es una simple excusa, porque en la fiesta que se formó
bailaron hasta los de la barra.
Dentro del repertorio se hizo especial hincapié
en su último trabajo, Paraiso de Gumbe con temas como Meninos,
Mama, o el que le da título al disco que fue precisamente
con el que despidió la hora y media de concierto. Al salir
no me tenía sobre las rodillas, y volví a casa una
vez más con la feliz convicción de que musicalmente
hablando África está muy viva y espera su momento.
Entrevista por: Making
(Fecha de publicación: 03/06/2004)
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