El libro “De la incertidumbre a la conciencia”, de reciente publicación, propone comprender, gestionar y convertir en una oportunidad de crecimiento personal al estrés, un problema que afecta a millones de personas.
En todos los tipos de trabajos hay momentos agobiantes, donde la responsabilidad, las tareas urgentes y la incertidumbre se combinan para provocar ansiedad. Así, la tensión generada por las situaciones agobiantes puede activar reacciones físicas y psicológicas adversas, que en ocasiones pueden llegar a tener consecuencias graves.
En el mundo de la música, y en otras disciplinas artísticas, los momentos previos a la salida al escenario son situaciones de presión extrema, que impulsan al artista a concentrarse al máximo, algo positivo, pero que en ocasiones puede degenerar en bloqueo y miedo escénico.
También la destacada inestabilidad laboral consustancial a los trabajos artísticos, con una recepción dependiente de los gustos del público, las modas y las dinámicas propias de las empresas de cada sector cultural, incentivan la aparición de una angustia cotidiana, ligada a la falta de un horizonte claro de ingresos previsibles. Algo que, por otra parte, comparten muchos autónomos de las más diversas profesiones.
El libro “De la Incertidumbre a la conciencia”, publicado por el sello El Club de la Niebla, vinculado a la editorial Kolima Books, ofrece explicaciones claras para comprender las causas del estrés, los mecanismos que activa y los factores de riesgo que en el contexto laboral lo provocan.
También recoge técnicas prácticas para afrontarlo, con ejercicios, visualizaciones e incluso un “botiquín emocional”, todo ello útil para aprender de las situaciones de tensión, aumentar la consciencia, gestionar las emociones y normalizar hábitos saludables de autocuidado.
El autor de esta obra es Juan Ramos García, un profesional curtido durante décadas en el sector de la logística y los transportes internacionales, donde dio sus primeros pasos en 1994, que en su juventud hizo sus pinitos musicales dentro de la música electrónica, inspirado por Jean-Michel Jarre.
En el propio libro confiesa: “No soy un gurú, ni un iluminado. Soy una persona como tú. Alguien que ha vivido el estrés en carne propia, que ha visto su sombra en otros y que no mirar hacia otro lado”.
El escritor, nacido en Salamanca, ciudad muy vinculada también a su desarrollo profesional, ofrece en el libro una aproximación realista y práctica, aprendida en primera persona, y que expone con claridad y de forma asequible para cualquier lector.
Tras la lectura del libro se percibe que has aprendido a afrontar al estrés a base de experiencia, superando etapas difíciles. ¿Cómo surgió la idea de escribir “De la incertidumbre a la conciencia”?
La idea de escribir el libro surgió, sobre todo, de mi propia experiencia. Durante muchos años he vivido situaciones de presión, de incertidumbre, de responsabilidad y también momentos personales complicados. Y llegó un momento en el que me di cuenta de que el estrés no aparece de repente, sino que muchas veces vamos acumulando pequeñas cosas hasta que nuestro cuerpo y nuestra mente empiezan a decirnos que algo no va bien.
Empecé entonces a preguntarme por qué reaccionamos, como reaccionamos ante determinadas situaciones y, sobre todo, qué podemos hacer para recuperar cierto equilibrio. Fui leyendo, aprendiendo y experimentando conmigo mismo, y descubrí herramientas y formas diferentes de afrontar esas situaciones.
Y ahí nació realmente el libro. No quería escribir un manual desde la posición de alguien que tiene todas las respuestas, sino compartir un camino que yo mismo había recorrido. Por eso se llama De la incertidumbre a la conciencia: porque para mí ha sido precisamente eso, aprender a ser más consciente de lo que me ocurre, de cómo pienso, de cómo reacciono y de cómo puedo afrontar las dificultades de una manera diferente.
Al final, creo que todos tenemos momentos en los que la vida nos obliga a parar y preguntarnos qué estamos haciendo y cómo queremos seguir. El libro nace de una de esas paradas.
Cuando escribías el libro… ¿tenías en mente un prototipo de trabajador o crees que sus enseñanzas pueden adaptarse a situaciones y entornos muy diferentes?
Cuando empecé a escribirlo, sí tenía muy presentes determinadas situaciones que había vivido en el mundo laboral. Pero, conforme avanzaba en el libro, me di cuenta de que no quería dirigirlo únicamente a un prototipo de trabajador.
El estrés puede aparecer en una oficina, en una fábrica, en un comercio, en un hospital, en un puesto directivo o incluso en alguien que trabaja por su cuenta. Y tampoco depende exclusivamente del tipo de trabajo. Muchas veces tiene que ver con cómo interpretamos lo que nos sucede, con la presión que nos imponemos, con la incertidumbre o con la dificultad para encontrar un equilibrio entre nuestras obligaciones y nuestra vida personal.
Por eso creo que las enseñanzas del libro pueden adaptarse a situaciones muy diferentes. Algunas herramientas están relacionadas directamente con el entorno laboral, pero otras tienen que ver con algo mucho más universal: aprender a conocernos, reconocer nuestras señales de estrés y adquirir recursos para afrontar mejor determinadas circunstancias.
De hecho, una de las cosas que más me gustaría conseguir con el libro es precisamente eso: que una persona lo lea y piense: «Esto que está contando también me está pasando a mí», independientemente de cuál sea su profesión o su situación
En el libro explicas cómo comprender el estrés desde sus raíces biológicas, psicológicas y sociales. ¿Observas diferencias en los mecanismos que disparan el estrés en empleados asalariados, con una paga asegurada a final de mes, frente a aquellos que dependen de ganarse al cliente día a día, como es el caso de los autónomos?
Sí, creo que existen diferencias, aunque la respuesta básica del organismo ante el estrés es prácticamente la misma. Nuestro cuerpo no entiende demasiado de si somos asalariados o autónomos cuando percibe una amenaza: activa mecanismos de alerta que son biológicos y que todos compartimos.
Lo que sí puede cambiar mucho es el origen de esa amenaza y, sobre todo, la sensación de seguridad que tenemos.
Un trabajador asalariado puede tener una nómina asegurada a final de mes, pero puede estar sometido a otros factores de estrés: la presión por cumplir objetivos, un ambiente laboral complicado, la relación con los superiores o los compañeros, el miedo a perder el empleo, la falta de reconocimiento o la sensación de no tener control sobre lo que hace.
En el caso del autónomo, muchas veces aparece un componente adicional: la incertidumbre económica. Dependes de conseguir clientes, de mantenerlos, de que te paguen, de que haya trabajo el mes siguiente… Y además, muchas veces tienes que asumir decisiones y responsabilidades que en una empresa recaen sobre otras personas.
Pero hay algo que me parece importante: no podemos decir que uno tenga más estrés que otro simplemente por su situación laboral. Cada persona lo vive de una manera diferente. Dos personas pueden estar en el mismo puesto de trabajo y experimentar niveles de estrés completamente distintos.
Y ahí es donde entra una de las ideas fundamentales del libro: no siempre podemos controlar las circunstancias que nos rodean, pero sí podemos aprender a reconocer cómo nos afectan y desarrollar recursos para responder de una manera más saludable.
Creo que esa es una de las claves para entender el estrés: no es solamente lo que nos ocurre, sino también cómo lo interpretamos y cómo respondemos ante ello.
Como un caso particular de los autónomos, los artistas de cualquier disciplina se encuentran sometidos a una incertidumbre constante: ingresos irregulares, cambios en los gustos del público, presión creativa o transformaciones tecnológicas. ¿Crees que las personas que se dedican al arte sufren una forma particular de estrés laboral?
Sí, creo que puede existir una forma particular de estrés en las personas que se dedican al arte, aunque no diría que sea exclusiva de los artistas. Lo que sí tienen algunas características que pueden hacer que determinadas situaciones sean especialmente difíciles.
Un artista no solamente realiza un trabajo: muchas veces, sino todas, pone una parte de sí mismo en aquello que crea. Cuando escribes un libro, pintas un cuadro, compones una canción o haces una película, estás poniendo ahí tus ideas, tus emociones, tu tiempo y muchas veces también tus propias experiencias. Por eso, cuando llega el rechazo, la falta de reconocimiento o simplemente la ausencia de resultados, es fácil que no lo vivas únicamente como un fracaso profesional, sino que lo interpretes como algo personal.
A eso hay que añadir la incertidumbre económica. Puedes dedicar meses o incluso años a un proyecto sin saber qué repercusión va a tener. Y después está la necesidad de seguir creando, de buscar nuevas ideas y de adaptarte a los cambios tecnológicos y a los gustos del público.
Creo que esa combinación puede generar una presión importante: necesitas crear, pero al mismo tiempo necesitas que aquello que creas encuentre su público.
Y quizá hay otra dificultad: cuando trabajas en algo creativo, es complicado desconectar completamente. Una idea puede aparecer mientras estás trabajando, conduciendo o incluso intentando dormir. Tu cabeza continúa trabajando aunque tú hayas terminado tu jornada.
Desde mi propia experiencia como escritor, creo que una de las cosas más importantes es aprender a separar, en la medida de lo posible, el valor de lo que haces del resultado que obtienes. Que un libro venda más o menos, o que guste más o menos, no determina el valor de haberlo creado.
Y eso también forma parte de aprender a gestionar la incertidumbre: hacer lo mejor que puedes, aceptar aquello que no depende de ti y no permitir que el resultado termine definiendo tu autoestima.
La tecnología ha transformado los entornos laborales en los últimos años y ahora nos enfrentamos a la adaptación al uso masivo de la Inteligencia Artificial. ¿Cómo puede una persona mantener el equilibrio emocional cuando su entorno profesional está en permanente transformación?
Creo que la primera cosa que tenemos que aceptar es que el cambio forma parte de nuestra realidad. La tecnología va a seguir avanzando y la inteligencia artificial va a transformar muchos puestos de trabajo. Podemos tener miedo, podemos resistirnos o podemos preocuparnos, pero eso no va a detener el cambio.
Lo que sí podemos decidir es cómo nos enfrentamos a él.
Desde mi punto de vista, una de las mayores fuentes de estrés es sentir que hemos perdido el control. Cuando todo cambia a nuestro alrededor, podemos tener la sensación de que no sabemos qué va a ocurrir mañana o incluso si vamos a seguir siendo necesarios profesionalmente.
Por eso creo que es importante distinguir entre lo que podemos controlar y lo que no. No puedo controlar cómo va a evolucionar la inteligencia artificial, pero sí puedo decidir si quiero aprender, formarme y descubrir cómo utilizarla. No puedo controlar todos los cambios de mi empresa, pero sí puedo trabajar mi capacidad de adaptación.
Y hay otra cuestión fundamental: no debemos olvidar que detrás de cualquier tecnología hay una persona. Podemos incorporar herramientas nuevas, automatizar procesos y hacer nuestro trabajo de otra manera, pero seguimos necesitando capacidades humanas como la creatividad, la empatía, la comunicación, el criterio o la capacidad para relacionarnos con los demás.
Para mí, mantener el equilibrio emocional en un entorno que cambia constantemente no significa vivir sin incertidumbre. Eso es imposible. Significa aprender a convivir con ella sin permitir que nos domine.
Y quizá esa sea precisamente una de las ideas centrales de mi libro: no podemos eliminar toda la incertidumbre de nuestra vida, pero sí podemos aprender a relacionarnos con ella de una manera diferente.
Uno de los mensajes del libro es la necesidad de transformar la presión en aprendizaje. ¿Cómo puede aplicarse esta idea a un artista, particularmente a un músico, que encadena rechazos, conciertos con poca asistencia o proyectos que no alcanzan los resultados esperados?
Creo que para un músico esta idea puede ser especialmente importante, porque está continuamente expuesto a situaciones en las que existe una valoración externa. Hay un público, hay críticas, hay actuaciones que salen mejor y otras que salen peor, y además existe una presión constante por seguir creando y evolucionando.
Transformar la presión en aprendizaje significa intentar cambiar la pregunta. En lugar de pensar «¿por qué me ha salido mal?», preguntarnos «¿qué puedo aprender de lo que ha ocurrido?».
Un concierto que no ha salido como esperabas puede enseñarte muchas cosas: cómo reaccionas cuando cometes un error, cómo afecta el estado emocional a tu interpretación, cómo responde el público o qué aspectos necesitas mejorar. Incluso una crítica negativa, si somos capaces de escucharla sin convertirla inmediatamente en algo personal, puede proporcionarnos información.
Y creo que también hay que aprender a convivir con los nervios. Un músico que antes de salir al escenario siente cierta tensión no necesariamente tiene un problema. Esa activación puede incluso ayudarle a estar más concentrado y atento. El problema aparece cuando esa presión supera nuestra capacidad de gestionarla.
Por eso, para mí, transformar la presión en aprendizaje no significa eliminar los nervios, los errores o la incertidumbre. Significa utilizarlos como información.
Al final, un artista tiene que aceptar que no puede controlar completamente cómo va a reaccionar el público ante su obra. Lo que sí puede controlar es cuánto aprende de cada experiencia y cómo utiliza ese aprendizaje para seguir creciendo.
Y creo que eso es aplicable a cualquier persona, sea músico, escritor, empresario o trabajador: la presión puede convertirse en un obstáculo, pero también puede convertirse en una profesora.
Has desarrollado una importante trayectoria como directivo y defensor de un liderazgo basado en el respeto. ¿Qué paralelismos encuentras entre liderar equipos en una organización y mantener cohesionada una banda o un proyecto artístico colectivo?
Creo que hay muchísimos paralelismos. Al final, tanto en una organización como en una banda o en cualquier proyecto artístico colectivo estamos hablando de personas diferentes que tienen que trabajar juntas para conseguir algo que individualmente sería mucho más difícil alcanzar.
Para mí, la primera condición es el respeto. Un líder no puede pretender que todo el mundo piense como él. En un equipo, cada persona tiene una forma de trabajar, unas capacidades y también una manera diferente de ver las cosas. Y eso, bien gestionado, no es un problema; es una riqueza.
En una banda ocurre exactamente lo mismo. Cada músico tiene su personalidad, su sensibilidad y su manera de interpretar. Si uno intenta imponer permanentemente su criterio sobre los demás, probablemente terminará rompiendo la cohesión del grupo.
También hay algo fundamental: tener un objetivo común. En una empresa puede ser sacar adelante un proyecto y en una banda puede ser preparar un concierto o crear un buen disco. Pero todos tienen que sentir que forman parte de algo y que su aportación es importante.
Y para mí hay una tercera cuestión: el líder no tiene que ser necesariamente la persona que más manda, sino la persona que consigue que los demás puedan dar lo mejor de sí mismos.
He aprendido con los años que liderar desde el miedo puede conseguir obediencia, pero difícilmente consigue compromiso. En cambio, cuando existe confianza, respeto y comunicación, las personas se implican mucho más.
Y creo que eso sirve tanto para una empresa como para una banda: cuando las personas sienten que se las escucha, que se las respeta y que forman parte del proyecto, dejan de limitarse a cumplir una función y empiezan realmente a formar parte del equipo.
El libro incorpora ejercicios prácticos y herramientas para gestionar el estrés. Si tuvieras que recomendar una sola técnica, especialmente útil, a un músico antes de subir a un escenario o enfrentarse a una audición importante, ¿cuál sería y por qué?
Si tuviera que recomendar una sola, probablemente elegiría la respiración consciente. Precisamente porque es una herramienta muy sencilla y que podemos utilizar prácticamente en cualquier lugar.
Antes de subir a un escenario o enfrentarse a una audición, es normal que aparezcan nervios: aumenta la tensión, el corazón se acelera, la respiración se hace más rápida y nuestra mente empieza a anticipar lo que puede salir mal.
En ese momento, en lugar de intentar luchar contra los nervios, yo recomendaría parar unos instantes y prestar atención a la respiración. Hacer una inspiración tranquila y, sobre todo, alargar ligeramente la espiración. Repetirlo varias veces, llevando la atención a cómo entra y sale el aire.
Parece algo muy sencillo, pero tiene un objetivo importante: sacar durante unos momentos nuestra atención de todo aquello que estamos anticipando y llevarla al presente.
Y hay una cosa que me parece fundamental: no se trata de conseguir estar completamente relajado antes de actuar. Un cierto nivel de activación puede ser incluso positivo para un músico. Se trata de evitar que los nervios nos dominen.
Yo lo resumiría de una manera muy sencilla: no intentes eliminar los nervios; aprende a respirar con ellos.
Porque cuando consigues estar en el presente, en lugar de estar pensando « ¿y si me equivoco?», puedes empezar a pensar en lo realmente importante: «voy a hacer aquello para lo que me he preparado».
Eres un gran admirador de Jean-Michel Jarre y durante tu adolescencia llegaste a grabar algunas maquetas inspiradas en su música. ¿Qué aprendiste de aquella experiencia creativa y qué influencia ha tenido la música en tu manera de entender las emociones y el bienestar?
Jean-Michel Jarre fue una de las primeras personas que me hizo descubrir que la música podía contar cosas sin necesidad de utilizar palabras. Cuando era adolescente intentaba grabar algunas maquetas y, aunque eran muy modestas, recuerdo perfectamente la sensación de sentarme delante del teclado y dejar que las emociones encontraran una salida.
Aquella experiencia me enseñó algo que sigo creyendo hoy: crear tiene un enorme poder para ordenar lo que llevamos dentro. A veces no encontramos la palabra adecuada para explicar cómo nos sentimos, pero una melodía, un ritmo o un sonido sí pueden expresar ese estado emocional.
Con el tiempo entendí que la música no era solamente entretenimiento; era una forma de conectar conmigo mismo. Había días en los que me ayudaba a calmarme, otros en los que me daba energía y otros en los que simplemente me permitía detenerme unos minutos en medio del ruido cotidiano.
Esa manera de entender la música ha influido mucho en mi forma de ver el bienestar. En De la incertidumbre a la conciencia hablo de la importancia de escucharnos, de prestar atención a nuestras señales internas, y creo que la música hace precisamente eso: nos obliga a sentir antes que a juzgar.
Y si tuviera que resumir lo que aprendí de aquella época, diría que una obra no necesita ser perfecta para tener valor. Aquellas maquetas nunca pretendían ser un disco profesional, pero me enseñaron el placer de crear sin miedo, y esa es una lección que todavía hoy intento aplicar cuando escribo: expresar algo verdadero vale mucho más que perseguir una perfección imposible.
Muchos artistas reconocen que la incertidumbre forma parte inevitable del proceso creativo. ¿Crees que es posible eliminar completamente el estrés o, por el contrario, debemos aprender a convivir con él de una manera más consciente?
Creo que eliminar completamente el estrés es imposible y, probablemente, tampoco sería deseable. El estrés forma parte de nuestra vida y, en determinadas situaciones, incluso puede ser útil. Nos activa, nos ayuda a concentrarnos y nos prepara para afrontar un reto.
El problema aparece cuando esa activación se mantiene durante demasiado tiempo o cuando sentimos que no tenemos recursos para afrontar aquello que nos está sucediendo.
En el caso de un artista, por ejemplo, cierta tensión antes de una actuación puede ayudarle a estar más concentrado y a dar lo mejor de sí mismo. El problema sería que esos nervios le bloquearan o que la presión se mantuviera constantemente fuera del escenario.
Por eso, más que intentar eliminar el estrés, creo que tenemos que aprender a escucharlo. Nuestro cuerpo y nuestra mente muchas veces nos avisan antes de que nosotros seamos conscientes de que estamos llegando al límite.
Y aquí vuelve a aparecer la idea de De la incertidumbre a la conciencia: no podemos eliminar la incertidumbre, porque forma parte de la vida. Tampoco podemos controlar todo lo que nos sucede. Pero sí podemos aprender a reconocer qué nos está pasando y a desarrollar herramientas para responder de una manera diferente.
Para mí, la verdadera gestión del estrés no consiste en conseguir que nunca nos tiemble el pulso. Consiste en saber qué hacer cuando nos tiembla.
Y quizá esa sea una de las cosas más importantes que podemos aprender: no se trata de vivir sin estrés, sino de conseguir que el estrés no sea quien dirija nuestra vida.
En tu libro planteas una mirada más humana hacia el trabajo y la vida cotidiana. ¿Qué condiciones crees que deberían darse para que el trabajo, ya sea dentro de una empresa o como autónomo, se desarrollara en entornos más saludables?
Creo que lo primero es entender que detrás de cualquier puesto de trabajo hay una persona. Parece una obviedad, pero a veces las organizaciones se centran tanto en objetivos, resultados, cifras y productividad que olvidamos quién tiene que conseguir esos resultados.
Para mí, un entorno laboral saludable necesita fundamentalmente respeto, confianza y comunicación. Las personas necesitan saber qué se espera de ellas, pero también necesitan sentirse escuchadas y valoradas. Un buen salario es importante, por supuesto, pero no es lo único que determina que una persona se encuentre bien en su trabajo.
También creo que hay que dar a las personas cierto grado de autonomía. Cuando alguien siente que tiene capacidad para tomar decisiones, que se confía en su criterio y que su trabajo tiene un sentido, aumenta mucho su implicación.
Y hay algo que considero fundamental: el liderazgo. Un jefe puede conseguir que una persona cumpla una orden, pero un buen líder consigue que esa persona quiera implicarse en el proyecto. Para ello hacen falta empatía, respeto y capacidad para reconocer los errores sin convertirlos automáticamente en culpabilidad.
En el caso de los autónomos, evidentemente, las circunstancias son diferentes. Muchas veces tienen que asumir prácticamente todas las responsabilidades: conseguir clientes, gestionar el negocio, administrar el tiempo y afrontar la incertidumbre económica. Por eso también necesitan aprender a poner límites y a separar, en la medida de lo posible, su vida profesional de su vida personal.
Y creo que hay una última condición que resume bastante bien mi forma de entenderlo: trabajar para vivir, no vivir únicamente para trabajar.
Porque un trabajo saludable no es aquel en el que nunca tenemos problemas o presión. Eso no existe. Es aquel en el que, incluso cuando aparecen las dificultades, disponemos de recursos, apoyo y espacios para poder afrontarlas sin que nuestro trabajo termine ocupando toda nuestra vida.
Si tuvieras la oportunidad de sentarte hoy con un joven que se inicia en el mundo laboral y ha decido liderar su propia iniciativa, ya sea un músico o cualquier autónomo con su propio proyecto, y siente miedo ante un futuro imprevisible, ¿cuál sería la principal enseñanza de “De la incertidumbre a la conciencia” que le trasladarías?
Le diría que no tenga miedo de sentir miedo.
Cuando empezamos un proyecto, especialmente si dependemos de nosotros mismos, es normal tener incertidumbre. No sabemos si funcionará, si tendremos clientes, si nuestro trabajo gustará o si seremos capaces de mantenerlo en el tiempo. Y muchas veces creemos que para empezar necesitamos tener todas las respuestas.
Yo le diría que no. Que empiece, que aprenda y que vaya construyendo el camino mientras avanza.
La incertidumbre no tiene por qué ser únicamente una amenaza. También puede ser una oportunidad. Nos obliga a aprender, a adaptarnos, a descubrir capacidades que quizá no sabíamos que teníamos.
Y le diría también que no permita que los resultados definan quién es. Habrá días buenos y días malos, proyectos que funcionen y otros que no. Habrá críticas, rechazos y momentos en los que pensará que se ha equivocado. Todo eso forma parte del camino.
Lo importante es aprender de cada experiencia sin perderse a uno mismo por el camino.
Si tuviera que resumir en una sola frase la enseñanza que me gustaría transmitirle, sería esta:
No puedes controlar la incertidumbre del futuro, pero sí puedes decidir quién quieres ser mientras lo construyes.
Y quizá esa sea, en definitiva, la esencia de De la incertidumbre a la conciencia: no esperar a que desaparezcan todos nuestros miedos para avanzar, sino aprender a avanzar siendo conscientes de ellos.
Como para muchos jóvenes de los 80, la música fue para ti una compañera de viaje hacia la vida adulta, y, muy probablemente, también lo ha sido en tu evolución y maduración posterior. ¿Qué canción o qué momento musical de tu vida representa mejor el paso “de la incertidumbre a la conciencia” que da título a tu libro?
Hay momentos musicales que se quedan asociados a determinadas etapas de nuestra vida. Para mí, la música de Jean-Michel Jarre tiene mucho que ver con esa etapa de juventud en la que empezaba a descubrir quién era y qué quería hacer.
Recuerdo especialmente aquellas tardes de adolescente en las que intentaba hacer mis propias grabaciones y experimentar con sonidos. En aquel momento no podía imaginar que muchos años después terminaría escribiendo un libro precisamente sobre algo tan relacionado con lo que todos buscamos a lo largo de la vida: entendernos un poco mejor.
Si tuviera que escoger una imagen musical que represente el paso de la incertidumbre a la conciencia, sería precisamente aquella: un joven encerrado en su habitación, experimentando con sonidos sin saber muy bien hacia dónde le iba a llevar aquello.
Entonces buscaba simplemente crear música. Con el paso de los años me doy cuenta de que, sin saberlo, también estaba aprendiendo a escucharme a mí mismo.
Y quizá eso es lo que ha hecho la música durante toda mi vida: acompañarme en momentos de incertidumbre, ayudarme a expresar cosas que no sabía explicar con palabras y recordarme que siempre estamos evolucionando.
Por eso no asociaría el título del libro a una canción concreta, sino a todo ese viaje. El viaje de aquel joven que no sabía muy bien qué quería hacer con su vida hasta la persona que, muchos años después, se sienta a escribir sobre la importancia de conocerse y ser consciente de lo que nos ocurre.
Al final, creo que De la incertidumbre a la conciencia también es eso: una banda sonora de toda una vida.
Y nada más, salvo felicitarte por tu libro y dejarte espacio para si deseas añadir algo más para nuestros lectores.
Pues, antes que nada, agradeceros la oportunidad de hablar de De la incertidumbre a la conciencia y, sobre todo, agradecer a quienes se acerquen al libro, porque cada lector termina haciendo suyo aquello que lee.
Si tuviera que dejar un último mensaje, sería que no debemos esperar a que nuestra vida sea perfecta, ni a que desaparezcan todos nuestros problemas, para empezar a cuidarnos y a escucharnos.
Todos vamos a atravesar momentos de incertidumbre, de presión, de miedo y de dificultad. Forma parte de la vida. Pero también podemos aprender de esos momentos y utilizarlos para conocernos mejor.
El libro nació de experiencias personales, pero no pretende dar lecciones a nadie. Es, sobre todo, una invitación a detenernos de vez en cuando, mirar hacia dentro y preguntarnos cómo estamos viviendo.
Y quizá, después de todo, ese sea el verdadero viaje: pasar de preguntarnos continuamente «¿qué va a ocurrir?» a empezar a preguntarnos «¿qué puedo hacer yo con lo que está ocurriendo?».
Así que simplemente animaría a los lectores a que se permitan parar, respirar y escucharse un poco más.
Y si alguna de las páginas de De la incertidumbre a la conciencia consigue que una persona se conozca un poquito mejor, que gestione mejor un momento difícil o simplemente que se conceda unos minutos para estar consigo misma, entonces todo el esfuerzo de escribir el libro habrá merecido la pena.
Muchas gracias por la entrevista y por darme este espacio para hablar de algo que, en realidad, nos afecta a todos: cómo aprender a vivir un poco mejor con nuestra propia incertidumbre.
Créditos de las imágenes:
1) Portada del libro, foto de Juan Ramos García en primer plano y cartel de la sesión de firmas en la Feria del Libro de Madrid por cortesía de Kolima Books y Juan Ramos García.
2) Imágenes en escenarios de Salamanca generadas con Gemini y Google Flow, partiendo de fotografías de Santiagova y xiquinhosilva from Cacau (con licencias Creative Commons) e imágenes de Google Maps.
Más información:
Web de editorial Kolima: https://www.editorialkolima.com
Pagina sobre “De la incertidumbre a la conciencia” en la web de editorial Kolima: https://www.editorialkolima.com/producto/de-la-incertidumbre-a-la-conciencia
Este artículo fue publicado originalmente en La Factoría del Ritmo Número 26 (sección: ).
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